Ese sentimiento oculto que te carcome el alma, esa imposibilidad tuya de no tener lo que el otro tiene, esas ganas de portar el anillo que no te fue dado. Ese metal oscuro y frío que te habla y te hace traicionar, dejar morir de sed al lado del río, ese placer siniestro de querer ver ahogarse en el mar al que nació con laureles, no poder ser tú el que brilla en la noche porque no llevas ni llevarás nunca -en la frente en tus manos en el brillo de tus ojos- la luz sanadora de los dioses.Te he visto, te conozco, quieres lo que otros tienen en su mesa, en tu miseria quieres las ropas de los ganadores y te convences de que deben extinguirse sólo por ser mejores, por tener esa estrella que te fue negada en el misterioso momento en que se entregan las virtudes.
Salud envidioso, toma de mi agua pero toma rápido, remoja tu garganta seca y por favor no me sigas ni me mires con detención. Debo seguir mi camino y contigo a cuestas sería un infierno. Hay que ir liviano cuando buscas buenos lugares para volar y mis alas escondidas te harían enfurecer y babear. Comenzarías a fraguar venganzas, a poner trampas, a desear aquello que jamás tendrás. Tú conoces tu maldición: aún matándome y hurtando mis tesoros en tus manos se convertirían en cenizas, en piedras colosales, no podrías gozar del manjar que hay en mi mesa porque eres el que no sabe tener ni disfrutar lo propio, si no el que se asfixia desde niño mirando eso tan bello que portan los otros.
Allá en el cielo se ven las estrellas, millones de ellas. Quédate con todas y déjame sólo una, la más pequeña y lejana. Aún con el universo entero querrías esa, pasarías el día entero pensando en la que no tienes y al caer la noche aullaría escondida tu alma. Te daría de mi agua para que refresques tu garganta seca, y tú no lo agradecerías porque estarías embobado mirando el collar de donde pende la estrella que no tienes, llenando de veneno el aguijón de tus palabras, afilando el puñal de tus tretas, ido, ido, ido, perdido en la noche negra de tu destino.
